sábado, diciembre 01, 2007

Teillier: El árbol de la Memoria (1961)

Escribe Borges en un ensayo sobre Coleridge: "Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que ha estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano... ¿entonces qué?" La obra de Teillier no es la pregunta, es la respuesta, es la escritura incesante, es la remembranza constante, la voz alumbradora de esta pregunta:

Te gusta quedarte en la estación desierta
cuando no puedes abolir la memoria,
como las nubes de vapor
los contornos de las locomotoras,
y te gusta ver pasar el viento
que silba como un vagabundo
aburrido de caminar sobre los rieles.[1]

La obra Larica de Teillier ha sido señalada por distintos estudios de su obra como el intento constante de volver al paraíso perdido, a la inocencia prima, en la cual los recuerdos de ésta, revisten elementos simbólicos que se hacen universales. Este recuerdo de inocencia e ingenuidad se ve constantemente revestido de una melancolía y nostalgia a la cual el poeta no puede resistirse, ya que su vida no puede desentenderse del presente


Ya no reconozco mi casa.
En ella caen luces de estrellas en ruinas
Como puñados de tierra en una fosa.
Mi amiga vela frente a un espejo:
espera allí la llegada del desconocido
anunciado por las sombras más largas del año[2].

Un presente que para Teillier no revestirá mayor importancia, y la experiencia estética estará dada en función de los hallazgos, el espacio que se protege del tiempo. Así, identificamos dos momentos en la poesía de Teillier: el primero está dado por la niñez[3] y la evocación de ésta como la presencia del “aura” de la infancia de Walter Benjamín, y el segundo por el recuerdo, como recuperador, como guardián. Pero esto no se mantiene ni constante ni eterno, en la voz de Teillier existiría cierta actitud de entrega ante el presente, de renuncia al laar en última instancia, el mito que se desvanece ante una realidad que entremezcla el tedio y el desorden, la superficialidad y el olvido. Teillier es un sobreviviente, la mano que sostiene la flor de Coleridge, a pesar de que la articulación del momento poético sea el recuerdo, como todo recuerdo es un presente, todo dolor es un presente y todo lo que pasa nos pasa en el ahora. Esto nos remite a que la idea del paraíso perdido o el mito, protegido por Teillier supera la noción misma de recuerdo y supera la noción misma de pasado en conflicto con el presente, su poesía va mucho más allá, y este punto lo explicaremos de la siguiente forma: en primer lugar, la identificación del yo poético de Teillier que entra en contacto con el mito y la aldea es a través del recuerdo, por tanto, como hecho pasado, pero el acceso a ese pasado es siempre presente, no está revestido de un espíritu trasplantado del tiempo, es un recuerdo en carne que se sitúa en un lugar para hablar de otro, ese acceso a la memoria está configurado por un ahora que lo incomoda y des-espiritualiza el mundo. El mismo Lihn hace ya muchos años se preguntó por el mundo evocado por Teillier: “¿no terminará por debilitar la capacidad de actualizarlo?”[4].

Algunos lo interpretan como el dolor constante por el pasado y el orden que no volverá, pero podríamos interpretarlo como el dolor de la inexistencia material de aquel espacio mental, situado más allá de cualquier tiempo y espacio, cuyo rótulo de pasado no es más que el vértice desde el cual explora toda la línea temporal, en busca de un lugar que no existe, un paraíso que no es posible señalar sobre la temporalidad o espacialidad, un paraíso en el cual sólo se encuentra el texto consigo mismo, el poema mismo.

Según Leonidas Morales[5], el título de este libro podría ser quizá el titulo de todos los libros de Teillier, ya que configura uno de los elementos que marcan el total de poseía, hace mención a la referencialidad del recuerdo y su proceso cíclico en la obra del poeta, pero en mi opinión, el modelo a utilizar por Morales equivoca el rumbo. Para morales el tiempo cíclico, o la circularidad de la memoria en Teillier no está dada por un re-suceder en las vueltas de la rueda. Teillier es el eje por el cual estos recuerdos torna vida, está a exactamente la misma distancia de cualquiera de ellos como si fuese el punto de partida del radio:

Cierto: estuvo entre nosotros
lo que el sol en el espejo
con que un niño juega en el tejado.
Pero nunca dejaremos de buscar sus huellas
en los patios cubiertos por la primera helada.[6]


“El árbol de la Memoria” es como señalábamos antes, el nombre quizá de toda su obra, por que este árbol es la estructura única de un objeto, pero que en su misma naturaleza se encuentra el desarrollo de los ramajes, bifurcaciones y frutos. En este libro el sujeto nos acompaña por lo recuerdos y por el deseo incesante de llegar al paraíso perdido de su infancia, quedando atrapado en la existencia misma del poeta, en el martilleo incesante del presente, donde ni la renuncia al mundo lo devolverá al lugar perdido.

Me despido de mi mano
que pudo mostrar el paso del rayo
o la quietud de las piedras
bajo las nieves de antaño.

Para que vuelvan a ser bosques y arenas
me despido del papel blanco y de la tinta azul
de donde surgían los ríos perezosos,
cerdos en las calles, molinos vacíos.


Para luego decir:

Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
-la sal y el agua
de mis días sin objeto -

y me despido de estos poemas:
palabras, palabras -un poco de aire
movido por los labios- palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.



[1] Teillier, Jorge. Poema “Andenes” (extracto) en El árbol de la memoria, 1961.

[2] Teillier, Jorge. Poema “Los Conjuros” (extracto) en El árbol de la memoria, 1961

[3] Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1995

[4] Lihn, Enrique. El circo en llamas: Una crítica de la vida. Edición de Germán Marín Santiago, LOM, 1997. 694 págs.

[5] Morales, Leonidas. El libro único de Jorge Teillier. En el diario La Época, domingo 12 de 1996.

[6] Teillier, Jorge. Poema “En memoria” (extracto) en El árbol de la memoria, 1961