No me mal interpreten… no fue el de ayer un mal día. Fue uno de esos días en donde las estrellas se alinean o algo por estilo. Pero casualmente, por una misma calle camine, durante 17 cuadras, específico esto para hacer más veraz el relato. El vivir solo en esta ciudad, no ha sido un premio ni una meta buscada de a
ntemano, la vedad es que se ha ido transformando con el paso de los días en una lenta, pero segura depresión. Pero de eso hablare en otro blog, en uno que sea lo suficientemente claro para explicar todo esto que al leerlo suena confuso. El caso es que caminando por estas calles que relato, encontré 5 cosas que me hicieron recordar ciertos días, esos días en donde creí que era más feliz que ahora. Pero yendo mas atrás, debo confesar que ese día, tuve un despertar de mierda, de esos malos, pero muy malos. A la 6.35 AM de la madrugada me había acostado la noche anterior y me llamaron a las 10.30, perdón, recapitulo, me pincharon el celular muchas veces: el hecho es que tuve que levantarme e ir a la esquina, a llamar a la persona que me pinchaba con urgencia. El caso es que era uno de esos llamados ineptos en la vida de una persona, era uno de esos llamados en los cuales te preguntas porque puta razón no son capaces de gastar $200, para preguntar sobre el problema que a “ellos” les aqueja… no me enojo con frecuencia, soy mañoso en algunas cosas (no muchas) pero esto en realidad me empeloto, y mucho (sino, no hablaría de esto). Pero tomando de nuevo el hijo del relato: yo caminaba por la calle que les comento, cuando en una tienda de ropa usada me compre una camisa (una blusa: para las entendidas) de mujer, que siendo sincero, me encanto… me queda increíble, y resistí a la tentación de las miradas ajenas cuando salí de los mostradores para verme en el espejo central de la tienda, que me decían “Maricón”. Me costo mi blusa negra $1.500, una ganga. Proseguí el viaje hacia no se que lugar en realidad, solo caminaba ese día, quizá por la delicia que entrega el paseo urbano en mi personalidad, esa personalidad de mierda para algunos, que en ocasiones preciosas me ha traicionado y salvado al mismo tiempo. Recuerdo en cierta ocasión, caminando con mi “pequeño problema”, encontramos en una librería a Whitman, en una edición barata y vieja. Me pregunto hasta el día de hoy, si habrá entendido el porque le regale el libro, porque Whitman precisamente y no otro. Pero esos son días que ya no volverán. El caso es que en esa misma librería encontré de Berger y Luckmann “La
construcción social de la realidad”, libro capital en la teoría social, gran hallazgo, ya que se convino por grandeza universal, el que yo estuviera con dinero ese día. Debo señalar, casi por dictamen moral, que en esa misma librería encontré una recopilación de 20 años de poesía en Concepción, a un precio módico, pero que en lo particular no me insito a su compra, si alguno de ustedes esta interesado en desarrollo de la lírica penquista, seria bueno darle un vistazo a tan raro resumen. Al salir de ahí, ya el día se había transformado en suma, en un buen día, ya había encontrado dos cosas por las cuales recordar ese día por mucho tiempo. Alguien podría decir que es insignificante lo que acabo de relatar, ya que no es nada extraordinario esto. Pero debo confesar es que estos días no han sido, digamos, los mejore; no han sido la suma de todas aspiraciones de la virtud. El caso es que seguí caminando, caminando como una persona que no tiene nada de que hacer. Me metía en otra librería en donde por solo $6.000, me lleve el inventario de Benedetti, y Ficciones de Borges, con lo cual ya no le pedía mas al cielo por un día… a veces dios, que me abandono y lo abandone, es sarcástico conmigo. Debo confesar que el libro de Benedetti se lo compre a ella, lo compre para regálaselo. Los que me conocen,
los que creen conocerme, quizá sabrán lo que Inventario significa en mi vida, lo que Ficciones significa en mi vida… y no solo en la vida de este Fernando que escribe, sino en la vida de otros Fernando que no soy. A pesar de que he leído una y otra vez esos libros, más haya de indiscutible “valor literario” (que en términos personales es igual a la nada), sino por la gula literaria, por la insatisfecha espera que se acorta con estos libros. Los compre por que “la culpa es de uno cuando no enamora”, los compre por los laberintos, por los espejos que encuentro en esos libros. Los compre para ser otros hombres que soy, para vivir fantasías que nunca me propuse y se cumplieron… en fin, comprar ciertos libros se transforma no en un placer, sino en una obligación, en un destino… y a veces uno compra esa clase de libros simplemente, para defenderse de las ausencias pasajeras, y las definitivas…
jueves, octubre 27, 2005
Que dia de mierda¡¡¡¡
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