martes, noviembre 29, 2005

Anita

Cuando le tocaba los pezones, como si fueran un timbre, sonreía como si le hubiera contado el mejor de mis chistes, o mí más inverosímil victoria en alguna de mis historias, y que ella bien sabia que siempre terminaban en derrota. Hacia estallar su pelo negro y seco en la almohada, de manera grosera y con absoluta falta del sentido de la estética y de los acuerdos bilaterales suscritos por ambos. Tenia es manía de llevarse las sabanas en la dirección en donde yo estaba, recogía sus brazos y los acercaba al pecho, yo creo que lo hacia para que el corazón no se saliera corriendo en cada sueño. Tenía la mirada somnolienta y la boca torcida cuando se reía, lo cual le daba un carácter de personalidad que nunca logre del todo descifrar. Cada ves que nos embriagábamos, terminábamos peleando, creo que ambos teníamos demasiada rabia contra todo, así que la canalizábamos ofendiéndonos mutuamente, sacándonos en cara las bajezas mas grandes, pero con la extraña sensación de que ninguno de los dos nos íbamos a abandonar, lo cual nos daba la libertad para hacernos añicos en ciertas ocasiones, o transformándonos en la saco receptor de las miserias de nuestras vidas. Ella decía: “ya wueon, pero sin llorar”, y era ella la que siempre terminaba llorando, lo cual pude explicarse dado que ella es mujer, pero creo que esta mas dado por mi capacidad de decir cosas que hagan daño. No se por que justo hoy me acuerdo de ella, la verdad es que casi se me había olvidado que hoy se cumplían 406 días que no la veo. Siempre llegaba de improviso, nunca la podía ubicar del todo bien, llegaba solo cuando quería; decía que lo hacia para no hacerme soportar su sentimiento de obligación de estar en alguna parte, lo cual aun respeto.

No hay comentarios.: